Más Europa… pero otra Europa

¿Seguro que queremos más Europa?

Está claro que hace falta una Europa radicalmente diferente. No solo en lo que dice, sino en cómo lo dice y cómo está construida.  Pero creo que también es fundamental hacer una defensa del concepto de Europa. De por qué la necesitamos y no podemos resolver todos nuestros problemas solamente “en casa”. Pero, sobre todo, de por qué esto que nos estan imponiendo no es realmente “Europa”. (seguir leyendo ->)

A por otra Europa

Una vez decidido que queremos Europa, queda por definir cuál queremos – pero también cómo hacemos esa definición. Ya ha pasado el tiempo de los “grandes pactos” a espaldas de la ciudadanía, de intentos de Constitución redactadas en pequeñas élites o de “representantes” en manos de los intereses económicos y sus lobbies. Ahora es el momento de la ciudadanía europea.

Una Europa defensora de los derechos humanos y la lucha contra el cambio climático en casa y el resto del mundo, que garantice el derecho a la movilidad interna y externa pero también el derecho a quedarse – invirtiendo para asegurar oportunidades de formación y empleo – que anteponga las personas a los grandes intereses económicos. Esa Europa solo se puede construir desde y con la ciudadanía. De cara al Parlamento Europeo, apuesto no (solo) por defender los intereses ciudadanos, sino de empoderar e implicar a la propia sociedad en esa toma de decisiones. Exportar propuestas como la de Congreso Transparente al Parlamento Europeo y pasar tiempo de reflexión y debate con la ciudadanía y sociedad civil y no con lobbyistas de cara a nuevas propuestas.

Pero todo ello no es otra cosa que un “parche” si no nos enfrentamos al problema de la construcción europea:

Europa social… y política

> Europa de la ciudadanía, no de los gobiernos

> [Demo]cracia?

 

 Una Europa social… y política

Una Europa SocialDesde el Tratado de Maastricht en 1992 y sobre todo con la actual crisis, Europa está suponiendo una imposición de criterios puramente económicos, desde una ideología profundamente neoliberal.  El proyecto europeo se intentó diluir a poco más que un mercado común. Tenemos una unión monetaria y económica que permite que empresas y capital se muevan por Europa sin obstáculos, y los mecanismos de control que se han creado como respuesta constituyen una tutela por parte de instituciones sin legitimidad democrática que deciden cuánto hay que recortar y de dónde.

Se ha asumido el discurso neoliberal como algo puramente técnico, “ajeno a la política”, pasando prácticamente a formar parte del propio ADN de la Unión, con fuertes presiones privatizadoras y de reducción de gasto público, incluso de cara a países aspirantes a incorporarse a la UE.

Se exige una convergencia económica hacia los mínimos, bajo la excusa de la necesidad de “equilibrar los presupuestos”, en vez de hacia modelos como el escandinavo, mucho más garantes de la inclusión y equidad social. Incluso en el New York Times se publicaba un artículo titulado “Complot contra Francia” que dejaba en evidencia las presiones sin fundamento económico al gobierno francés para que asumiera la doctrina de la austeridad.

Pero, además de una convergencia económica, hace falta una convergencia social y ambiental. Auténticas políticas de inversión como el Green New Deal para atajar a la vez las crisis ambiental y de desempleo, medidas de prevención de la exclusión social y económica, sistemas educativos flexibles que posibiliten una auténtica movilidad social. Políticas que garanticen el derecho a una auténtica movilidad por Europa… pero también el derecho a quedarse. A no tener que emigrar porque en casa simplemente no haya oportunidades.

Pero este cambio de políticas no se conseguirá sin un cambio de arquitectura. Se hace necesaria una unión política que nos permita al conjunto de la ciudadanía europea decidir y dar respuestas a los problemas europeos, en vez de depender de lo que nos impongan organismos tecnócratas.

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Europa de la ciudadanía, no de los gobiernos

Una Europa de la ciudadanía, no de los gobiernosTal y como está estructurada la Unión Europea, son los gobiernos de los 28 estados miembros quienes pilotan Europa. No solo son los encargados de marcar las prioridades y dirección general de la Unión, sino que tienen una fuerte influencia sobre la Comisión (nominada por los gobiernos) y controlan el presupuesto comunitario, que financian con lo que prácticamente son “donaciones”.

Sí, en la UE los gobiernos de cada país son elegidos (más o menos) democráticamente. Pero cada uno de ellos tiene en mente su electorado e intereses nacionales. Las negociaciones europeas se convierten en un “regateo” a base de concesiones, trueques y amenazas de veto. Al final, la suma de 28 intereses acaba lejos del interés común europeo, y al no existir una voz política fuerte y común, acaban dictando los mercados y la lógica “técnica” del neoliberalismo.

Aquí, el Parlamento Europeo, elegido por toda la ciudadanía, tiene mucho que decir. Es el momento de que el Parlamento plante cara a los gobiernos de los estados miembros. A ningún parlamento del mundo se le ha regalado el poder. Todos han tenido que luchar por él, y en este caso no va a ser diferente. Pero, ¿cómo romper la dinámica intergubernamental cuando son los gobiernos los que mantienen el control?

  • Plantándose ante los gobiernos y apostar en cada ocasión por el bien común de la ciudadanía europea en vez de ceder a la presión política. Por ejemplo, el Parlamento Europeo acabó por aprobar un marco presupuestario comunitario para 2014-2020 retrógrado, egoísta e insostenible, que no permite a la Unión dar respuestas a los problemas de la ciudadanía.
  • Tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, las elecciones europeas de 2014 serán claves para determinar quién preside la Comisión. Depende de todas y todos votar por opciones que presenten candidaturas comprometidos con el bien común europeo, y el Parlamento tendrá que dejar claro que no va a ratificar una Comisión que no apueste por la ciudadanía europea.
  • Por último, el Parlamento tiene la legitimidad que ningún otro organismo tiene: está elegido por sufragio universal de toda la ciudadanía europea. Aunque los Tratados no le otorguen el poder de iniciativa legislativa, una moción del Parlamento conlleva una importante carga política. Del propio Parlamento depende confeccionar una hoja de ruta que pase por una asamblea constituyente, un auténtico espacio de diálogo de la ciudadanía europea para construir conjuntamente la Europa que queremos.

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¿[Demo]cracia?

Ciudadanía europeaUna asamblea constituyente a nivel europeo sólo tiene sentido si somos conscientes de que además de ser ciudadanas y ciudadanos de nuestro pueblo, ciudad, región, país o estado, somos parte de la ciudadanía europea. Una ciudadanía que es casi por definición plural a pesar de – o tal vez precisamente por – ha compartido lazos culturales y políticos durante milenios.

No se trata de renunciar a la diversidad nacional o regional, sino de valorarla y aprovecharla para nutrir esa puesta en común de soluciones para los retos comunes. Caer en que lo importante no es si nuestro país (o cualquier otro) acaba siendo donante o receptor neto de fondos europeos, sino de que esos fondos europeos se financien lo suficiente y de tal manera que todo ciudadano y ciudadana europea tenga acceso a una sanidad, educación y empleo dignos y no tenga que dejar su tierra – pero que si decide hacerlo, tenga también estas posibilidades en su lugar de destino; que el conjunto del continente avance hacia la transición de modelos energético y productivo para hacerlos compatibles con los límites fijos del planeta; y que sean quienes más han contribuido a la crisis y quienes más tienen los que más contribuyan a hacer esto posible.

Y en este sentido, desde las instituciones, EQUO y el resto de la familia verde europea serán fundamentales – las preocupaciones y soluciones ecologistas trascienden las fronteras, y tal vez por eso no sorprenda que a nivel europeo, son los verdes quienes más han avanzado en la idea de una ciudadanía común. Fue el primer partido europeo en constituirse como tal, y ahora estrena el #GreenPrimary, las primeras primarias europeas de la historia, en las que puede votar cualquier persona mayor de 16 años que resida en la UE.

Pero también queda mucho trabajo fuera de las instituciones. En la calle, barrios, colegios, trabajo… Europa tiene que dejar de ser una cosa remota que se esconde en Bruselas y pasar algo más tangible en el imaginario colectivo. Tenemos que llegar a un punto en que los partidos no planteen las elecciones europeas como un sondeo de opinón para las próximas elecciones estatales, y en que los gobiernos no presuman de cuántos millones netos han conseguido para el país (la mayoría en forma de subvenciones directas a grandes empresas o terratenientes) sino en cuánto se han esforzado en trasmitir la voz de su electorado.

Porque una vez tomemos conciencia de que el problema no es Europa – sino quién la está gobernando y cómo – y que está en nuestra mano el cambiar la situación, habremos conseguido la parte más dificil. Lo de dar el siguiente paso y reiniciar Europa, será un mero trámite. 

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